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La utopía de la ilusión

Si en mil novecientos ochenta, alguna de mis amistades o familia me hubiera dicho que iba a trabajar en drogodependencias, le hubiera explicado que estaban locos o que no me conocían.
Hoy tantos años después descubro que quien no me conocía era yo. Colegio privado, Club Náutico, tiro y equitación, casinos, Boadilla, Serrano...poco a poco fui cambiando por un hobby. Dicho de otra manera, como mis amigos de entonces resumían mis inquietudes: "Como está bien y de moda la caridad, el chiquillo se ha puesto a fundar una asociación y trabajar con marginados drogadictos que se chutan" . Añadiendo: "y dicen que contagian el SIDA".

 

En el año 1985 comienza una utopía. Estudios finalizados, nueva soltería por abandono, trabajar de forma profesional en un campo del que todos se atrevían a hablar e incluso opinar pero al que ninguno prestaba atención, un mundo por descubrir y ante todo el querer conocerse a sí mismo. Todo un desafío por delante. Marcar nuevos límites, saber hasta donde eres capaz de llegar sin esa identificación de pijo o hijo de papá, descubrir barrios que sólo eran una referencia en un callejero, el hambre, la miseria, la violencia... todo aquello que era mas típico de una gran urbe que de mi pequeña ciudad, acomodada y conservadora.

La droga en la calle y los drogodependientes en prisión. Soledad, pobreza, marginalidad, todo por descubrir, todo por hacer, eran tiempos en los que la prevención ni se entendía. Alguien iba por hay diciendo: "yo fui drogadicto y salí y estoy aquí para deciros que la droga mata", Eso no era prevención, necesitaban asesoramiento e información veraz, desde la policía que era la que se creía mas lista hasta los jueces o abogados que aplicaban un código penal decimonónico y se olvidaban del ser humano o del sentido de la justicia.

Maestros, médicos y psiquiatras que no tenían ni idea de los efecto sociales de las drogas se permitían valorar lo que ocurría a su alrededor e incluso emitir juicios. Era necesario que alguien investigara y dijera la verdad, que se eliminaran moldes caducos, aunque se llegara a descubrir que la verdad absoluta en adicciones no existe y menos aún nadie la tiene ,como si se trata de un bálsamo de Fierabrás.

Eran una etapa en la que la ignorancia servía para que se enriquecieran tanto los que vendían drogas como los que trataban sus efectos en centros privados o aquellos que en nombre de una salvación o determinadas ideas aumentaban su patrimonio a cargo de la administración o bien a costa del legado de familiares de afectados.

Y cuando de tratar se trataba, ¿qué pasaba? Apartados, encerrados, coaccionados... eso no era tratamiento. Yo siempre vi de niño que el que quería curarse o tratarse iba al medico, nadie le obligaba. Aquí la situación era diferente: "Haces esto o a la calle", y a la calle iban en nombre de un dios y de una ciencia.

La calle trajo las infecciones, y estas sus contagios de enfermedades y de conductas. Los barrios se disfrazaron de violencia y droga, de sangre y de chutas en aquellos jardines de asfalto que nunca conocieron peores tiempos. Además, los contagios también trajeron la muerte y allí los tuvimos, muertos por sobredosis, intoxicados por adulteración, contagiados del SIDA o de hepatitis, todos en las plazas.

Su rutina, forzar billares, tirones de bolsos, robo de coches, algún Super y alguna caja de gasolinera para conseguir pelas para el caballo... luego la cárcel, un delito, otro y otro. Tocaba repetir hasta la saciedad que habían actuado bajo el síndrome o la necesidad de consumir, que no eran delincuentes sólo adictos de una sustancia todavía prohibida en parte.

Y en esta utopía de la miseria nace PATIM, una asociación dedicada a la Prevención, el Asesoramiento, el Tratamiento y la Investigación en temas de Marginación y drogas. Un 17 de agosto de 1985 comienza un camino al que nadie le aseguraba mas de unos meses. "Un hobby del verano", repetían algunos. Y esa utopía de PATIM fue agrupando a gente joven, recién titulados que querían trabajo y también compromiso social. Muchos lo llamaban voluntariado. Nosotros creíamos en esta forma de trabajo pero de una forma distinta, creemos en las acciones voluntarias pero no en que los servicios se mantengan exclusivamente con voluntariado. Creemos en el trabajo solidario con compromiso. Aún hoy partimos de una base de dignidad laboral complementaria, con un compromiso de solidaridad y de entrega, sin afán de lucro y menos de vivir del trabajo de otros. Hoy nuestro trabajo sigue teniendo un espacio en el servicio y en el cumplimiento diario.

No puedo decir que tuviéramos que evitar zancadillas puesto que nadie nos las puso. No le interesábamos a nadie en absoluto. Ayudas, tarde y creo que por vergüenza de ver a unas personas que estábamos dando un trabajo y diciendo a la sociedad que la droga no era sólo de esa pandilla de marginados, que en ella podía caer cualquiera, que no eran delincuentes ni criminales ni sidosos, que la droga les anulaba su libertad y que la forma en la que conseguían su dosis les quitaba sus dignidad. En ese discurso diario fue consolidándose un equipo humano que hizo realidad la puesta en marcha de servicios y estos fueron acreditándose con el tiempo, de acuerdo a las distintas legislaciones.

Hubo un tiempo en esa utopía de la miseria que teníamos que mandar a los drogatas a Valencia para tomar su dosis de metadona, no como nuestras abuelas se iban a tomar las aguas a algún balneario, a nuestros enfermos los mandábamos en la mas absoluta clandestinidad porque nadie la quería dar. Decían que eso no era profesional y hoy todos presumen que tienen enfermos con metadona.

Nosotros, por medio de una comisión de asistencia formada por unas grandes mujeres, pudimos pagar el bonotren hasta Valencia para que se les suministraran su dosis. Éramos los grandes pecadores, casi decían que facilitábamos el tráfico, y no hablemos de cuando se producía una recaída y decíamos que era motivo de mayor intervención y nunca de expulsión. Ellos, los de siempre, decían que favorecíamos el consumo.

Durante todo este tiempo, casi veinte años, nosotros seguimos teniendo algo claro y es que no hay programas totalitarios, que hay intervenciones individualizadas y tantas individualidades como personas, tantas clasificaciones como sustancias sean tomadas por los individuos, y tantas deferencias como medios sociales. En definitiva, no hay drogodependiente igual, ni sustancia igual, ni medio igual, variarán y se multiplicarán según los individuos, según las sustancias y según el medio donde se desarrolle la conducta adictiva.

No propagamos la liberalización, tan solo creemos en la necesidad de realizar investigaciones constantes y que otras experiencias sirvan para mejorar la calidad de vida de nuestros adictos. Apostamos por todo tipo de tratamiento y con las sustancias que se comprueben lo suficientemente terapéuticas. Creemos en una prevención continuada, no sólo en el terreno de adicciones sino sobre todo la que sirva para fomentar valores y compromisos hacia la sociedad y hacia uno mismo.

Y esta utopía de la miseria, hoy de la ilusión sigue luchando y sirviendo. acoplándose a nuestros tiempos y modificando sus estructuras y sus servicios. Nos transformamos en Fundación, acreditamos nuestros servicios de prevención, asesoramiento y tratamiento según nuestra Ley Valenciana en drogodependencias y otros trastornos adictivos y, ante todo, seguimos investigando.

Pese a la experiencia que ya acumulamos, intentamos no creernos divinos y mucho menos perfectos. No necesitamos de la autoestima externa ni del constante reconocimiento de los otros, somos lo suficientemente capaces y cuerdos de motivarnos cada día al ver nuestro trabajo al servicio de quien lo necesite. Y esto es lo que nos sirve para seguir adelante, junto con la satisfacción de comprobar que supimos utilizar nuestra juventud luchando y trabajando por algo en que fuimos necesarios. Hoy aún creemos en nuestro trabajo y servicio .

PATIM
Plaza Tetúan , 9, 3º
12001 Castellón de la Plana (España)
Tlf : 964 214593
Aptdo. Nº 667. CP12080.
http://www.patim.org
E-mail: informacion@patim.org


2004-04-02
 


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