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Buscando a Segundo: Un relato en primera persona

I Concurso Internacional de Relatos Solidarios

Autor: Annabel

Con una taza de café en la mano derecha y un cigarrillo en la izquierda, me detuve a observar las luces que tintineaban desde el centro de la ciudad.

Recuerdo aquella noche cuando sentí  que en esa nueva casa podría dejar atrás los momentos de lágrimas que debí ocultar bajo las sábanas de mi cama, mientras compartí mi ya abandonado dormitorio universitario con una chica que criticaba desde mi forma de vestir, hasta el tiempo que dedicaba a estudiar. Creía que en esa nueva casa hallaría la tranquilidad para concretar una parte de mis sueños, que eran también los sueños de mi familia, pues fui la primera que comenzaba estudios superiores y debía ser la primera en terminarlos. Los sacrificios que mi padre hacía, soportando la contaminación en sus pulmones, sumergido cada día en las minas de cobre, ponía urgencia a esta tarea.
Sí, recuerdo esa noche de abril, porque fue también la primera vez que vi a Lila, sentada en la esquina de la principal avenida, en el antejardín de aquella hermosa mansión. Sus ropas, las que sólo pude apreciar gracias al farol que la alumbraba, chocaban con lo ostentoso de la construcción a sus espaldas. Fue esa misma noche de abril, cuando vi a Segundo, quien llegó caminando lentamente hacia ella, tomó su mano y marcharon en dirección al bosque que se perdía tras la nueva casa que yo ocupaba.

La incongruencia de la escena se consumió con el cigarrillo. Las cajas apiladas en la entrada de mi habitación me llamaban y los libros sobre la cama me recordaban que el periodo de exámenes estaba por comenzar.

Cuando el reloj sonó pasadas las siete de la mañana del día siguiente, yo ya estaba vestida. Poco dormí aquella noche y en mis sueños, la pequeña mujer que había contemplado el día anterior, me abría los brazos en señal de bienvenida, mas, no cuestioné el significado de aquella escena onírica; normalmente son los últimos momentos antes de ir a la cama los que vuelven más surrealistas mis noches.

Los libros continuaron ocupando gran parte de mi tiempo, pero cada vez que regresaba desde la universidad se repetía la imagen: aquella delgada y pequeña mujer, quien cargaba ropas sucias y ajadas, acompañada de un hombre vestido de igual forma, caminando lentamente hacia el bosque.

Aprovechando el calor de aquel sábado subí la pequeña colina tras la casa para esconderme a leer bajo el viejo álamo, desde donde podía ver toda la ciudad, el mar y aquella isla de lobos marinos que ansiaba visitar. Revoltosos estudiantes llegaron hasta allí a  interrumpir y, mientras intentaba comprender las teorías de Barthes, perdí la concentración.

- ¿Quién vio al matrimonio de la casa del bosque? - preguntó Cristián, uno de los inoportunos visitantes.

- Se comenta que venden drogas - añadió Marcelo.

- Vamos... ni siquiera los conocen, y para los de la universidad todos venden drogas - respondí escéptica.

Y es que el rostro de aquella pareja de ancianos me hacía imposible creer tal cosa; la tranquilidad con la cual se desplazaban y las horas que pasaban allí sentados, siempre en la misma esquina, fuera de la mansión, calentándose como lagartijas al sol, no encajaba con la suposición de Marcelo. Incluso ver a esa vieja mujer tejiendo cada tarde, mientras su compañero sacaba malezas del jardín, confirmaba aun más mi idea.

Cansada, tras un día de pruebas y casi contando mis pasos, circulaba por la calle de regreso a casa. A lo lejos divisé nuevamente al silencioso matrimonio. Decidí acercarme... no era un matrimonio, sino madre e hijo. Lila y Segundo, pobres como muchos, sin riquezas ni adornos de plata, pero con sonrisas para regalar sin disimulo.  En menos de una hora me abrieron todo su mundo. Desde que había enviudado, ella cuidó a su hijo, quien verdaderamente parecía su marido. Con su rostro excesivamente ajado, sus delgadas y ásperas manos -lo que noté al saludarla- y con su casi ininteligible forma de hablar, me contó su historia.

Pensionados por el gobierno, fueron engañados por un inescrupuloso, quien les vendió un pequeño terrero, que en realidad no le pertenecía. Arrojados a la calle, habían llegado hace más de veinte años a ese bosque, donde podían refugiarse del frío y la lluvia, en dos pequeñas construcciones de madera que consiguieron por caridad. Haciendo mandados, como llevando cartas a la oficina postal o limpiando los jardines de las casas del sector, lograban propinas para comprar alimentos, mientras una acaudalada mujer de la ciudad les traía, de cuando en cuando, algo de ropa.

Las charlas con Lila y Segundo se fueron enriqueciendo cada tarde. Los libros ya no eran una urgencia para llegar a casa, sino los nuevos relatos de esta pareja que, al verme doblar la esquina, sonreían con tal ternura que me invitaban a seguir hurgando en ellos. Incluso llegué a visitar aquellos endebles cuartos en los que "vivían".

Intentando amarrar a "Recuerdo", el perro que cuidaba su pobreza, Segundo me relató el episodio en el cual jóvenes entraron al bosque para saquear lo poco que poseían... una radio a pilas para escuchar las noticias y un par de ollas tiznadas por las maderas ardientes al preparar sus alimentos, algunas frazadas y el ramo de gladiolos con el cual Lila saludaría en su cumpleaños a la señora María, dueña de la mansión que cuidaban cada tarde.

Mis pies permanecían quietos sobre el piso de tierra, mientras mis ojos necesitaban captar cada centímetro de ese espacio que ellos llamaban su "humilde hogar". Un cuarto, el cual servía de dormitorio y donde las innumerables imágenes de la Virgen de Andacollo no servían para unir bien las maderas entre las que se colaba el viento, y seguramente el agua cuando llovía. Dos camas en las que se hacía imposible descansar, pues estaban armadas sobre el suelo y repletas de abrigos viejos y rotos para abrigarse.

- Ve... cómo nos hacen falta las frazadas que nos robaron - repetía con suave voz Segundo.

- Ya las recuperaremos - agregó Lila, con un tono calmado y apacible.

Es imposible robar en la miseria, pensaba, mientras entre los ladridos de Recuerdo, me invitaban a pasar a la "cocina", un cuarto oscuro y desde cuyas paredes de cartón colgaban, a punto de caer, sartenes oxidados y cucharones que poco invitaban a la salubridad. Pero los 87 años de Lila y los 65 de Segundo estaban llenos de salud y fuerza. Sólo alguna gripe y dolores a los huesos les aquejaba sobre todo en invierno.

Hoy observo las fotografías que aquella tarde nos tomamos, y el remordimiento me corroe el alma, se desgarra en cada una de estas teclas, en cada una de las palabras vaciadas en este relato, porque pese a las reiteradas charlas, pese a esa visita a su pequeñísima casa y las manos cálidas que siempre me abrazaron con ternura, el alejarme de la ciudad, una vez terminados mis estudios, me distanció de ellos. Sin embargo fueron muchas las colchas que ella tejió en mi presencia, con los ovillos de lana que recibía sonriente exclamando, "este invierno sí que será abrigadito". También fueron cientos los puzzles que fotocopié en la universidad y que Segundo completó, bajo mi disimulada ayuda.

Espero...

Que el cielo hoy se cubra de colores oscuros...
Que los pájaros hoy no canten...
Que las sonrisas hoy no estallen en carcajadas...
Que el silencio lo inunde todo...
Que mis oídos sólo recuerden tu voz...
Que mis ojos sólo atesoren hoy tu mirada triste y melancólica...
Que los árboles hoy se desvistan de todas sus hojas...
Que los colores hoy luzcan opacos.

Quisiera que hoy...
todos los que te conocimos inclinemos nuestra cabeza ante ti...
Para despedirte.

Te fuiste con un baño de soledad y con los recuerdos perdidos en tu memoria...
Te fuiste con tu mano temblorosa y nadie que la tranquilizara.
Te fuiste sin avisarme, sin avisarnos...
Te fuiste con el silencio que rodeó tu vida...
Te fuiste..
Entre tejidos de colores y sonrisas regaladas,
dejándome sólo tus fotografías...
Dejándome tus palabras...
Dejándome el recuerdo de tus manos ajadas...
Dejándome el misterio de tu vida...
Y dejándome este dolor...
La culpa por no haber escuchado que tu despedida sigilosa se aproximaba.
Por haber estado cerca para  tranquilizar tu mano...
En tu último respiro.

Fue un seis de agosto, ya de vuelta en la ciudad, cuando necesité escribir estas palabras, tras llorar unas lágrimas al ver la fotografía de Lila en el periódico, acompañada de una leyenda que informaba su fallecimiento. Una despedida que obviamente no reemplazó el abrazo que ella me regaló cuando marché.

Segundo había abandonado la pequeña casita. Recuerdo no ladró cuando intenté llegar al lugar, pues simplemente no estaba. Sólo quedaba aquel cartel, clavado irregularmente y casi con ironía a un poste: "Cuidado con el perro".

Recorrí las calles de la ciudad buscándolo. Lo esperé en la esquina de la avenida, donde solía sacar las malezas, pero él no apareció. Mientras tanto iba recopilando ropa y enseres que pudieran servirle... y él no apareció.

Lila no sólo se había llevado sus manos ajadas y los tejidos de colores, sino que con ella, también había desaparecido el deambular de Segundo por los sitios habituales.

Pocos antecedentes pudo entregarme el periodista que había redactado la pequeña nota de la página 24.

- ¿Segundo?... ¿quién es Segundo? - me preguntó esa tarde.
- Su hijo, el único hijo de Lila - respondí.
- Ah... sí, pero no tengo idea qué pasó con él - redondeó rápidamente pues una nueva llamada entraba en su teléfono.

El sol estaba a punto de ocultarse y crucé la calle para evitar los perros callejeros que ladraban en la esquina. La figura de dos ancianos sentados en una pequeña plaza llamó mi atención. No podía distinguir sus rostros, la luz era mínima y estaban de espaldas.

Conozco ese sweter, pensé rápidamente... conozco ese sweter porque fue uno de los que le entregué a Segundo antes de marchar. Presurosa me acerqué e interrumpí la charla.

- Segundo... ¿se acuerda de mí?

La pareja de ancianos me miró de reojo, casi con desconfianza. Una vez refrescada la frágil memoria del único hijo de Lila, de un brinco saltó a mis brazos, mientras soltaba unas lágrimas, acompañando mi reacción.

- Señorita... tanto tiempo sin verla.

Me habló de su dolor y soledad... de tristeza mas no de abandono.

- Una familia me tiene en su casa mientras tanto... yo les hago los mandados y ellos me dan comida. Tuve que dejar la casita porque me echaron... el dueño del terreno vendió para construir, pero yo sé que nunca van a hacer nada ahí.

Nunca recordó el apellido de la familia. Su memoria estaba perdida desde la muerte de su madre, pero lucía más fuerte debido a la buena alimentación. Tampoco recordó la casa, ni la calle; pero me prometió que estaría en esa misma plaza al día siguiente. No fue así.

Aún apilo ropa en el cuarto del patio de mi casa. Sé que podría entregarla a otra persona, pero el destinatario está definido desde hace ya mucho tiempo.

Sigo buscando en las calles de la ciudad y preguntando, de cuando en cuando, si alguien lo ha visto. Reviso las notas del periódico local y su nombre no figura.

La fotografía en la que ambos aparecen yace siempre en un rincón de mi habitación. La mantengo allí como una forma de recordarme a mí misma que el nombre de su mascota tiene un mayor significado... y que las ansias de encontrar a Segundo no pueden quedarse en letras, pues el deambular por las mismas avenidas dejará al fin que mis pequeñas manos puedan abrazarlo.

Sin embargo, no basta la fiesta de Navidad para los chicos del campamento bajo el puente o volver a las historias de café mirando las luces de la ciudad.

Aquella fotografía, permanecerá en el mismo sitio, hasta cuando me decida a sacar las bolsas acumuladas en el cuarto del patio de mi casa. Hasta cuando por fin vuelva a ver los ojos Segundo, sus manos ásperas y su gorrito de lana, buscando en él los respiros de Lila y traduciendo en ambos, la desolación de cientos, de miles que siguen colgando sartenes en paredes de cartón y continúan tratando de evadir el viento que se mete por las maderas entreabiertas de sus dormitorios y levanta el polvo de sus pisos de tierra.


Annabel


2003-10-06
 


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