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El pozo del que emanaron personas

I Concurso Internacional de Relatos Solidarios

Autor: Emma Mª de la Lama (ELA)

La zona era un sitio dantesco. La desgracia lo había visitado, decidiendo quedarse allí. La alegría y el bullicio habían dado paso al horrible espectáculo. Allá donde uno miraba, no podía encontrar más que tristeza y miserias. Los campos... arrasados; las casas... devastadas; el ambiente... enrarecido.

¡Quién hubiera podido jurar que en otro tiempo aquello había sido un pueblo dedicado al ocio!. La prosperidad de sus aldeanos era una magnífica inspiración suficientemente justificada para gozar de sucesivas y copiosas fiestas. Baile, vino, risas, ... formaban un calidoscopio de jolgorio sin fin.

Pero... algo se encargó de destruir aquel continuo carnaval, borrando todas sus huellas.

Como un mal presagio, unas nubes se cernieron sobre el cielo cual tenazas abrazando su presa. Nadie las dio la más mínima importancia porque... ¿qué iban a hacer unas minúsculas nubecillas?. Siempre había habido lluvias... y nunca fueron motivo de preocupación.

Más... horrible error fue no haberlas tomado en consideración. Pero... ¿quién piensa en mirar al feo rostro de la tragedia, pudiendo contemplar su bella máscara de felicidad traidora?

Pinc, pinc, pinc ... las primeras gotas hicieron su aparición. Tímidamente caían sobre los tejados del pueblo, mientras la gente, sin querer escuchar lo que éstas les susurraban, seguían, cual rito aprendido, con su jarana nocturna.
Varias tormentas fueron a encontrarse allí, como si de un duelo previamente establecido se tratase. En su ring particular, unas con otras chocaban y peleaban entre sí, mientras su furia incontenida se transformaba en rayos, truenos, viento y granizo.

Las personas se refugiaron en sus casas mientras lo contemplaban boquiabiertos y aturdidos. La expectación dio paso al miedo y éste, al terror.
Cruanch, pump, plog, ... ruidos estridentes mezclábanse con chillidos, cristales rotos y sollozos en una macabra sinfonía de sonidos atonales cual partitura expresionista.
Segundos ... minutos ... horas ... el tiempo parecía haberse detenido castigando aún más el sitio.

Por fin, todo acabó.  Al menos, eso pensaban ellos, porque no podían imaginarse que aquello no era más que el verdadero comienzo de una larga y lenta agonía.
Cuando consiguieron vencer su temor, la curiosidad los hizo salir de sus madrigueras y contemplar con sus ojos las terribles consecuencias, quedando grabadas en sus pupilas y marcadas con el fuego de Hefestos en su interior.

Las cosechas habían sido destruidas y el lodo se adueñó del terreno. La mayoría de las carreteras desaparecían bajo escombros o tierra desplomada de las laderas. La fuerte borrasca se había merendado gran parte de las casas y ninguna podría ser habitada de forma segura en tales condiciones.

Aunque todo ello hubiera sido considerado nimio como un pequeño trozo de hielo en la Antártida, ante el auténtico drama acaecido. La Muerte había segado aquella zona cual campo en el mes de julio. En cualquier parte donde la mirada podía posarse, los cuerpos sin vida, yacían terriblemente deformados.

Todo el mundo había perdido a un ser querido. No les importaba el dolor del vecino, solamente el propio. En cada corazón, la desesperación y la rabia, los llevó a sentirse aplastados, enajenados y totalmente inútiles.

Fue así como los días se sucedieron unos a otros. La peste, las enfermedades y la hambruna terminó por resquebrajar un lugar que antes era aclamado como modelo de plena y ociosa felicidad. Ni Brueghel habría imaginado un modelo pictórico tan perfecto.

*  *  *


Un día, una fémina, motivada por el desaliento de ver a su último hijo con vida agonizando de desnutrición, fue en busca de un poco de agua al antiguo pozo, llevando consigo una cuerda y un roñoso cubo. Al llegar, comprobó como otra mujer estaba intentando realizar la misma operación.

Sin mediar palabra, se colocó en el lado opuesto del hoyo. Introdujo el balde en el fondo, más... para su desconsuelo, no pudo alcanzar el preciado líquido. Una y otra vez lo intentó siempre obteniendo el mismo resultado. Como si un yunque la hubiera aplastado el corazón, se sintió totalmente abatida.

Y entonces... aquella mirada. La otra, la estaba observando. Había tenido el mismo problema. Aquel encuentro, supondría algo más.

- Sé lo que estás pasando porque me veo reflejada en ti. Soy Blanca.
- Soy Luz. No puedo aguantarlo más.
- Sí, pero ahora somos dos. Y juntas, lo conseguiremos.

Ensamblaron sus gruesas cuerdas con un nudo fortísimo. Lo lanzaron al fondo y recogieron el agua. Por fin, podrían dar de beber a su estirpe.

Por otro lado, ambas aún tenían algún que otro resto de comida. Se dieron cuenta de que lo mejor era ponerlo en común. Aunque mínimo, creyeron estar alimentándose de un banquete de manjares al modo que lo harían los dioses en el Olimpo.

Después decidieron irse a "casa". Pero, ¿por qué ir solas?. Eligieron la de una de ellas y fueron a refugiarse allí. Por primera vez desde el desastre, la palabra hogar cobraba pleno significado.

Al día siguiente volvieron a su anhelado oasis. Allí, había otra familia. Tras presentarse, unieron sus fuerzas para conseguir alimentos. Así, poco a poco fueron anexionándose otros vecinos.

Unos se encargaban del avituallamiento; otros, de limpiar los escombros; los de más allá, de sanear las calles; un grupo, de velar por la sanidad de los seres. Cada nuevo individuo que se iba acercando al pozo donde se celebraban las reuniones, aportaba sus actitudes, saberes y cualidades.

Aunque lo más preciado era la sensación de grupo que estaban redescubriendo. En la época de la superficial mascarada lo habían abandonado para tristemente perderlo. Eran un asentamiento de zombis sin conocerse entre ellos. Simples maniquís viviendo en una misma zona.

Ahora no. Cada ser tenía un rostro, un nombre y una identidad. Todas las ideas eran tomadas en consideración para que de su conjunto naciera una amalgama de magníficos objetivos a realizar.
No era una competición ni un presumir de habilidades. Como enjambre de hormigas, las tareas eran compartidas y efectuadas siempre pensando en el fin común, el bienestar recíproco de sus semejantes.

¿Cómo podían haberse comportado tan egoístamente?. Intentando sobresalir por encima de los demás, lo único que habían conseguido era aniquilarse a sí mismos. Pero habían aprendido la lección, y eso les otorgaba un horizonte diferente.
 Se habían convertido en algo más que una colectividad; eran una   COMUNIDAD DE PERSONAS.

*  *  *


Un amanecer, los pequeños señalaban con gran alborozo el cielo. Algo mágico estaba pasando. Tímidos rayos solares rasgaban las brumas tenebrosas que habían permanecido impertérritas e imperturbables, observando traicioneramente a la muchedumbre. Poco a poco se abrieron paso hasta que todo quedo despejado. Lo lugareños, circundando su amado pozo, contenían el aliento fascinados por la belleza del momento. El júbilo acabó trasformando la escena en un estallido de alegría.

Era algo más que el festejo por el sublime espectáculo de la Naturaleza. Suponía su propia metáfora. El sol ... su pozo, las nubes ... lo que les había ocurrido y la luz que reverberaba en todos los rincones ... sus nuevas ansias de existir con plenitud.

Desde aquel día, establecieron un nuevo código donde lo positivo cimentaba la estructura intrínseca de su flamante y reciente sociedad, hecha de seres humanos.

Y fue así, como cual fénix renacido, descubrieron que la masa sin rostro nunca conduce a nada, mas el pueblo formado por PERSONAS es lo que verdaderamente inicia el largo camino solidario hacia el auténtico significado de la vida.

Emma Mª de la Lama (ELA)


2003-10-06
 


Comentarios

2 comentarios de esta noticia

2003-09-26 10:34:20 -
Felicidades al autor por su maravillosa obra que me ha hecho estremecer. Muy bonita historia y muy bien contada.
Por favor, sigue escribiendo y regalándonos tu arte y tu humanidad.

Un abrazo.
Miguel

2003-10-24 18:40:50 -
Me ha gustado Fran.
De verdad.



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