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Un mal paso en un mundo hostil

Todavía no se adivinaba lo que podría ocurrir después. En ese momento, con seguridad en la mente del español y del marroquí estaría latiendo la misma pregunta: ¿Será posible el milagro?

Una noche más, Mohamed ha dormido en la calle, pensando en su madre recogida en un hospital algecireño, pensando en su esposa y sus hijos, viviendo de las ayudas que pueden conseguir en la localidad valenciana donde residen, pensando en su hermana embarazada y sus sobrinos esperando en Barcelona al padre que fue a acompañar a la abuela a Tánger y su furgoneta se quedó varada en el puerto que conduce a la otra orilla, al otro continente, al otro mundo, la tierra de sus antepasados, su tierra a fin de cuentas, a fuerza de no tener otra que los acepte.
Las ayudas tienen que llegar en algún momento, los hermanos musulmanes se han sensibilizado con el dolor de quien sólo ha buscado cumplir un deber ancestral en su cultura. También alguna institución caritativa del mundo cristiano ha declarado su intención de prestar algun auxilio, aunque sin llegar a plantearse el fondo de la cuestión, sólo como quien ayuda a un niño indefenso o a un animal herido; sin embargo toda ayuda siempre es recibida con palabras de agradecimiento, porque se puede hacer poco, pero peor es no hacer nada, incluso buscando justificaciones que acallen la conciencia del cristiano "civilizado", como pensar que a un español eso nunca le habría ocurrido.
Mohamed piensa que tal vez la voluntad de Dios es que tiene que esperar la llegada de la muerte. O tal vez todavía espera un milagro; puede que no se dé cuenta de que el milagro ya se puede haber producido.

Todo comenzó por las fechas de la Fiesta del Cordero. Mohamed había enviado a sus padres en Tánger la mayor parte del dinero ganado en sus jornales agrícolas, la necesidad en la que se encontraban sus progenitores le obligaba a ello; no le quedaba suficiente dinero para comprar el cordero, y quería que sus hijos conocieran la tradición, pues así como su hija mayor había sido educada y vivía en la tradición islámica, sus dos hijos pequeños ya habían nacido como españoles, no tenían más conocimiento de la vida y la tradición de la vida en Marruecos que la que pudiesen recibir de sus padres emigrantes en un país extraño y adusto. Entonces Mohamed se decidió a buscar el milagro: haciendo un esfuerzo para comunicarse con los españoles o cristianos, a los que consideraba en su mayoría gente mezquina y materialista, recorrió todos los lugares de la población donde residía a la espera de que algún español le prestara alguna pequeña cantidad de dinero con la que poder costearse la carne que quería ofrecer a sus hijos. Después de toparse con muchas evasivas de lugareños desconfiados, halló una mano amiga que, con la promesa de que sería reintegrado, le tendió un billete y le dijo: "Yo quiero creer en vosotros. Si tú eres un verdadero musulmán, no serás capaz de robarme".

Esto fue el principio de todo. A punto de que el marroquí abandonase la oficina con el billete en la mano, el español le preguntó al marroquí:

-¿Cómo te llamas?

-Mohamed, respondió el tangerino.

-Feliz Fiesta del Cordero.

Todavía no se adivinaba lo que podría ocurrir después. En ese momento, con seguridad en la mente del español y del marroquí estaría latiendo la misma pregunta: ¿Será posible el milagro?

 

Tras el primer encuentro, el inmigrante marroquí y el español, acordaron reunirse en un lugar y a una hora determinados, a fin de hacer efectiva la devolución del dinero que había sido prestado para que Mohamed pudiera celebrar la Fiesta del Cordero con su familia. Pero esa semana no había cobrado sus jornales en el campo; aún así, Mohamed se presentó ante su nuevo protector para decirle que todavía no podía devolverle el dinero. Podría haber desaparecido y su acción habría quedado impune ante los ojos de los hombres, pues el español había confiado en él y no le pidió ninguna información por la que pudiera localizarlo, ni siquiera sabía si Mohamed era su nombre real. A partir de ese momento el amigo español renovó su punto de vista hacia Mohamed, dando valor a su condición de musulmán, pero también pensando que no sólo los musulmanes eran capaces de no eludir una responsabilidad aunque tuvieran la oportunidad de hacerlo, sino que también era un detalle a considerar la especial idiosincrasia del tangerino.

 

Para Mohamed el haber encontrado un amigo español supuso el deslumbramiento de quien considera que ha recibido un premio del Cielo, que Dios le ha enviado un protector que abrirá nuevos horizontes en su vida; tal vez la situación fuera esa, aunque los caminos por los que tendría que recorrer posteriormente, fueron mucho más imprevisibles de lo que hubiera deseado. El mensaje divino se iba a producir, pero no de la manera que el entusiasmado Mohamed había calculado.

 

Su decisión fue la de celebrar la Fiesta del Cordero con sus padres y su nuevo amigo, si se daba la bendición de que el cristiano accediera a ayudarle a traer a sus padres desde Tánger. El dinero previsto para responder posteriormente ante esa ayuda, lo tenía a buen recaudo bajo la custodia de su cuñado, que tenía que regresar de Francia. El español nunca se planteó de qué manera ese dinero se poseía pero no se podía disponer inmediatamente de él; sabía que estaba prohibida la salida de dinero de Marruecos y no quería interrogar a su amigo sobre los métodos que se iban a seguir para traer el dinero, en el caso de que el dinero no estuviera ya dentro de la Unión Europea, en poder de sus familiares.

 

Como era de esperar, el español accedió gustosamente a ayudarle a traer a sus padres desde Tánger, un viaje que inicialmente se pensaba hacer atravesando el Estrecho en Ferry hasta Algeciras, pero posteriormente, teniendo en cuenta que la madre era diabética y el médico había recomendado que no viajara en barco, se optó por hacer el viaje por avión hasta Alicante. La tragedia empieza una vez se llega al Aeropuerto del Altet y se descubre la falta de previsión con la que se había organizado el viaje. Una manera de hacer las cosas que un español no entiende, acostumbrados a un estado del bienestar que obliga a calcular hasta el mínimo detalle, a tener una mentalidad especulativa en todo. Pero Mohamed, entusiasmado ante la perspectiva de la llegada de sus padres, desconocedor de pequeños detalles estratégicos que sin embargo provocaron un tremendo colapso de la situación, acabó viéndose solo, con sus ancianos padres varios días detenidos en una sala de espera, y con el único recurso de su amigo español, a quien tiene que pedir ayuda telefónicamente y de manera desesperada. Para el español esta situación ya supone un problema de conciencia, pues ahora no puede dejar abandonado a su amigo, que para más complicación está acompañado de sus padres ancianos, con el añadido de que la tensión provocada está agravando la diabetes de la madre; entonces, el amigo español, el “hermano de fe” de Mohamed, tiene que tomar una serie de decisiones que comienzan a afectar a su vida personal y familiar, y que con el tiempo van provocando una situación dramática paralela a la que vive su amigo marroquí. Si el español hubiera podido predecir en un primer momento que el dar una ayuda a un marroquí, a un “moro” como dicen sus compatriotas, iba a suponer el deterioro de su vida familiar, la pérdida de una pareja, el malentendido con sus amistades, el desprecio social y laboral, además de una gran pérdida económica próxima a la ruina, tal vez hubiera sacrificado el ideal de nobleza y de creación de puentes interculturales que le movía desde el principio; pero en una situación límite como la que se encontraba Mohamed a la llegada de sus padres a Alicante, el amigo español no podía hacer otra cosa que comportarse de manera coherente con su sentido de la humanidad. Tal vez ya en un principio el aventurero español intuía que todo aquello le iba a traer problemas, pero también tenía muy viva la sensación de que el momento de producirse un cambio en su vida había llegado, que esa prueba de fe, ese reto radical que hacía años que esperaba, lo tenía ante sus ojos. Entonces tomó una decisión clara, y los padres de Mohamed dispusieron del dinero que necesitaban para descansar en un hotel; ahora sólo faltaba que se repusieran de los días de angustia y una vez recobrados siguieran el viaje hasta Alzira, al domicilio de su hijo.

Pero el estado de salud de la madre sigue agravándose y es ingresada en un hospital de Alicante. En ese momento la anciana ya ha tomado una decisión que sin ella desearlo va a provocar un encarnizamiento del problema: creyendo próxima su muerte, le pide a su hijo que la devuelva a Tánger. Eso supone una necesidad mayor de dinero para el viaje de vuelta en avión, y una desesperada búsqueda de fondos para Mohamed. Para mayor complicación, estos hechos están sucediendo a finales del invierno y el aeropuerto de Tánger permanece unos días cerrado por el mal tiempo. Mohamed pide a su amigo una espera de unos días para terminar de resolver la situación una vez se reabran las comunicaciones. Pasados unos días, Mohamed declara a su amigo que su madre finalmente no puede viajar, que está muy enferma y necesita ponerse en tratamiento médico.

-Parece que Dios quiere que mi madre muera en España.

Ante la avalancha de gastos que le han sobrevenido, que han fulminado los recursos de los que disponían, y ante el compromiso de una deuda que tiene que cumplir, tras una reunión familiar, Mohamed decide que tiene que vender unas tierras de la familia en Tánger. Aquí da comienzo otro lento proceso burocrático, donde los acuerdos alcanzados con un comprador de España, da lugar tras dos meses de espera, a la entrega de un talón certificado que Mohamed ha de cobrar en un banco del municipio donde está empadronado en España, es decir, Alzira. El amigo español tampoco conoce las maneras por las que una propiedad vendida en Marruecos se puede cobrar en España, pero intuye que aparte del asunto legal que ha tenido que cumplirse, hay una gran parte de compromiso personal entre el vendedor y el comprador para que el talón pueda ser cubierto con fondos y entregado. Tras un periodo de unos seis meses desde que se inició el viaje de los padres desde Tánger (el padre de Mohamed regresó a Tánger a los cuatro meses de su llegada a España), el estado de salud de la madre no daba ninguna perspectiva de que pudiera mantenerse en vida mucho tiempo más, por lo que en un momento en que después del alta médica su estado parece ser suficientemente estable para soportar el viaje a Algeciras con la furgoneta del yerno, acondicionada para que la anciana pudiese ir acostada, Mohamed y su cuñado deciden a la desesperada un viaje rápido a Tánger. De nuevo las prisas y las imprevisiones provocan un nuevo colapso de la situación: el talón por la venta de los terrenos se encuentra en un banco de Alzira, donde Mohamed lo entregó para que fuera cobrado el dinero en unos días que tarda el procedimiento bancario; Mohamed se dirigió de nuevo a Alicante donde el estado de salud de su madre es delicado. El dinero es ingresado en la cuenta de Alzira y Mohamed, pese a los insistentes consejos de su amigo español, al respecto de que no hiciera ningún movimiento antes de regresar a Alzira a cobrar su dinero, lo que le daría facilidad y seguridad en sus acciones, con un desacierto que desde la perspectiva de una persona racional no parece entenderse, tal vez se entienda desde el corazón de un hijo desesperado, el cuñado y la madre emprenden el viaje a Algeciras y se encuentran a las puertas del Ferry sin dinero suficiente para embarcar la furgoneta rumbo a Tánger. Mohamed, a su vez, no puede moverse de Alicante porque como garantía de un dinero que ha pedido prestado a un argelino, ha dejado su documentación y sin ella no puede ir a Alzira a cobrar el talón, que está certificado a su nombre. Tampoco puede hacer frente a la pequeña deuda con la ayuda de su amigo y protector durante toda esta desventura, pues éste también ha llegado a una situación de extrema penuria económica. De modo que ahora sólo le queda aceptar con resignación su destino, ya que desde su fe musulmana no entiende otra cosa más que la providencia de Dios.

 

Desde un punto de vista próximo en el fondo pero diferente en cuanto a los detalles, la reflexión que se puede hacer sobre la razón de ser de todos estos acontecimientos, me lleva a diferenciar varias etapas en que mi compromiso y mi nivel de sacrificio han sido distintos. En un principio uno se deja llevar por la intuición de que es algo que uno desea hacer aunque se enfrente a prejuicios culturales y sociales, en una segunda fase ya empieza a darse más valor a la persona en sí sin tener en cuenta los aspectos psicosociales y religiosos de cada uno, lo que nos lleva en tercer lugar a plantearnos que si no nos ponemos en el lugar de esa persona, si no pensamos como él, es imposible que nos parezca aceptable su manera de reaccionar ante los problemas. Nunca me ha dejado de sorprender la capacidad de sufrimiento que tiene Mohamed, y pienso que es un rasgo característico de la mayoría de los marroquíes que viven en una situación de precariedad económica, que no necesariamente se ajusta a su nivel cultural (Mohamed tiene estudios universitarios en Marruecos, domina el árabe escrito y el francés, además de sus estudios Coránicos). A medida que me he ido adentrando en la problemática de una familia concreta dentro de ese ascendiente grupo de inmigración marroquí y magrebí, he ido recuperando valores humanos que ya creía extinguidos en la sociedad española actual; tendría que remontarme al recuerdo de mis abuelos y su memoria de la posguerra, para descubrir una vida de extrema austeridad, de sufrimiento callado y de paciencia infinita, que en España no hace tanto tiempo era el pan de cada día, y que ahora ese recuerdo ha desaparecido, los españoles se han convertido en seres voraces y temerosos, cobardes y traidores ávidos de cosas materiales, más próximos al terrorista norteamericano, a la vorágine del militarismo que asesina para mantener su negocio, que al verdadero espíritu de la cultura mediterránea, de la pluralidad de lenguas y religiones, de la convivencia y el entendimiento mutuo, del mestizaje y el florecimiento bajo el mismo sol, esos valores que han sido siempre nuestras mejores marcas de identidad.

 

Tal vez mi opción personal al entrar a formar parte de esta historia ha sido provocada por la búsqueda permanente que he mantenido de ese espíritu perdido. Mi preocupación radical por un problema en el que yo también he sido parte desencadenante, es síntoma de la crisis de valores en la que me he debatido y en la que sigo moviéndome a la búsqueda de conclusiones concretas. He visto comportamientos entre las personas con las que estaba acostumbrado a vivir, que me han hecho ver claramente la oscuridad de sus mentes y sus almas; también ahora, en el momento en que ya exhausto y desesperado, he lanzado a los cuatro vientos de Internet el conocimiento de las vicisitudes pasadas y por pasar de Mohamed Yamoun y su familia, he visto formas de reaccionar de la comunidad marroquí y musulmana, que también supone una novedad para mí. No sé qué es lo correcto, dónde está la verdad y dónde está la mentira, qué valor tiene hacer una cosa y no hacer otra, qué sentido tiene esta vida si sólo la vivimos para pensar en nosotros mismos y qué sentido tiene que uno agote todas sus fuerzas para darle su apoyo al que está a tu lado si lo necesita. No sé qué es lo mejor, no sé de qué sirve acumular riquezas y luego pensar que no es lo correcto ayudar a quien lo necesita con el pretexto de que a lo mejor no lo necesita y sólo te está engañando. No sé qué sentido tendría construir un infierno para tener una justificación por la que pedir ayuda a los demás. No sé por qué tendría que haberme metido en este lío teniendo una vida tan cómoda como tenía hasta el momento. Creo que en el fondo, sin conocer la palabra con la que poder definirlo, todo tiene una respuesta, y está en el interior de cada uno. Quien salva a quien tiene a su lado, se salva a sí mismo; quien sólo piensa salvarse a sí mismo, acaba perdiéndose.

Tal vez haya que seguir esperando...

 

 

 

 


2006-08-11
 


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